LA VANGUARDIA 02.10.2002
   

BALTASAR PORCEL
   
   

La espesa atmósfera de Berlín, ráfagas de lluvia, ráfagas de viento, las desoladas luces de la noche reflejadas en los charcos, los bellos árboles del otoño entre los que -Under den Linden- resplandece un tilo absolutamente amarillo, como si comenzara a vivir en lugar de estar feneciendo. Y la orgullosa Puerta de Brandemburgo refulge iluminada y desierta, con su pésima arquitectura y peor escultura, pero con una carga de simbolismo diría que sobrenatural: los caballos que la coronan, estático galope -y que supongo copiados de la cuadriga (¿) alejandrina robada por los venecianos y exhibida en San Marco-, parece que realmente provienen del infinito cielo grisáceo, sucio, por el que ahora navegan severas y veloces, enormes nubes albas. Y entre la oscuridad apenas se eleva el aura de la nueva cúpula del recuperado Reichstag, otro enaltecedor símbolo ario, pero éste cuajado de poder real, aunque el frío espectáculo arquitectónico lo disimule.

El tráfico no es cuantioso, aunque es lento, la crudeza del tempero ya concentra a la gente en su casa y uno de los mayores entretenimientos, aparte la estupidez televisiva, radica en seguir cursos de cocina. Y manipulando pasta italiana algo va aprendiendo el pueblo soberano, aunque la maldita mantequilla y esa col cual pozo sulfuroso, todo aliñado con mostaza, les sofocan una carne que podría ser espléndida. Igualmente los numerosos teatros, museos, tiendas, observados desde la calle parecen contar con escasa concurrencia, no es como en nuestro país, donde saturamos con ruidoso gozo el espacio público: hay que entrar para encontrarse con su vida intensa, gente apiñada en ambientes de diáfano diseño racionalista, con toques neoclásicos o art déco. Y las jóvenes camareras son bonitas, sonrientes, delicadas. Parecen orientales. Le roban a uno el corazón.

Lo cierto es que en Berlín la presencia humana no es externa, ni siquiera la del poder, sin embargo de esta magna extensión urbana tan volcada dentro de sí misma emana una especie de calor fibroso, se adivina energía tras las fachadas, una presión, el muelle tenso. No en balde nos encontramos en la ya primera capital europea, que puede ser la capital de Europa y mucho más ahora con la ampliación: casi todos los países que están viniendo acuden primero a Berlín que a Bruselas, mejor dicho, aquí tienen el banco y la industria y allí el papeleo y el discurso.

Sin embargo, el símbolo de Brandemburgo resulta exacto: hay irradiante grandeza, pero también caen chuzos de punta. Mañana lo comentamos.


   

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Disseny| Marcela Polgar